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Opinión | La Segunda, 23 de julio de 2013

Malignidad de la fortuna

Este 2013 se celebran los 500 años de “El Príncipe”, de Maquiavelo. En su dedicatoria, Maquiavelo llama a reconocer “cuán inmerecidamente soporto una enorme y continua malignidad de la fortuna”. La buena o mala suerte, bien lo sabemos, es inherente a la política. Y determinante. Algo así está sucediendo en la Alianza. La UDI, el partido más poderoso, ha tenido tres candidatos en tres meses. La reciente e inesperada bajada de Longueira gatilló una crisis política. Lo rescatable de todo esto son las humanas muestras de solidaridad y comprensión que recibió. Hay que conocer el hoyo negro para empatizar y entender su impotencia y sufrimiento. Pero lo demás, un desastre.

En las primarias de la Alianza, Longueira ganó por un estrecho margen. En seguida vinieron las críticas por el discurso de Allamand. Y el impasse de su visita al comando de la UDI para felicitar al ganador. Se especula que entró por atrás; que el frontis estaba atestado de gente; que Lavín habría sido prepotente — mal que mal, pidió disculpas públicas—; que se habrían cruzado palabras de tono elevado; etc. Aunque a la mañana siguiente ambos se reunieron amistosamente para un café, este simple incidente es un reflejo de la falta de cuidado por las formas. Basta comparar este episodio con el guión y la escenografía de la Concertación. Orrego reconocía hidalgamente su derrota. Fue bien recibido en el comando de Bachelet. Sube al escenario con ella. Y se alaban mutuamente. Algo similar ocurrió con Velasco y Gómez. No sabemos si entraron por detrás o por delante, si hubo altercados o si todo fue como miel sobre hojuelas. Sólo vimos una gran puesta en escena. Como en una obra de Shakespeare, los protagonistas no son lo más importante. En cambio, en la derecha el foco está generalmente en los protagonistas. O mejor dicho, en los antagonistas.

Después de la victoria de Longueira, el presidente de RN sorprende al mundo político con un acuerdo con el PS y la DC para modificar el binominal. Una iniciativa necesaria y loable, pero imprudente e inoportuna. El Gobierno responde, airado, con un proyecto express. Y tras unos días de descanso, Andrés Allamand, como buen rugbista, se levanta después de la derrota, vuelve a la carga y declara su intención de participar en la senatorial de Santiago Poniente, una circunscripción emblemática, desafiante y muy importante para la Alianza.

Pero la diosa fortuna volvió a hacer de las suyas. Cae Longueira. Comienza la búsqueda y las negociaciones entre la UDI y RN. En medio de todo esto, el Presidente emite algunos juicios sobre los eventuales candidatos que contribuyeron a caldear el ambiente (en política, la incontinencia tampoco es buena compañera). Si la salida de Golborne fue inmediata, esta vez la UDI tardó un par de días para nominar, en medio de las negociaciones, a Evelyn Matthei. Sin miramientos, simplemente se tomaron el vacío político. Y así, mientras se ventilan las pugnas en la Alianza, la Concertación toma palco. Y Bachelet descansa y se relaja en NY.

En medio del desconcierto, algunos celebran la retirada de próceres de nuestra política. Un escritor o un médico pueden tener una vocación de por vida. Un empresario puede morir con las botas puestas. Pero un político, no. Aunque personas con la trayectoria, experiencia y vocación política no son irreemplazables —para eso son las elecciones—, hay que reconocer que son públicamente muy valiosas.
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Pese a la malignidad de la fortuna, la buena noticia es que Allamand seguirá activo en política. Su liderazgo en el Senado es importante. Y su partido lo necesitará más que nunca. No en vano ayudó e inspiró a Evópoli, un movimiento con figuras jóvenes como Felipe Kast y Luciano Cruz-Coke que tienen un futuro por delante. Tampoco podemos ignorar que cuatro próceres de la Alianza dejaron el Senado para ser ministros. Matthei, que ya es candidata, es un ejemplo. Ella tiene garra y es competitiva.

En este capítulo de la Alianza no todo ha sido mala suerte. El gran Maquiavelo concluye que la diosa fortuna puede ser “árbitro de la mitad de las acciones nuestras, pero la otra mitad, o casi, nos es dejada, incluso por ella, a nuestro control”. En esa otra mitad, hemos fallado.

Leonidas Montes L.

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